Amigos hay muchos y muy variados. Cada uno de ellos nos aporta algo nuevo y diferente. Es más, si uno se fija bien, en ocasiones los encuentra en lugares insospechados. Sorpresas de la vida.
Lo que tienen en cumún es que, esos aportes, así como ellos mismos, son siempre valiosos.
Esa es la razón de que esta historieta se la dedique a un amigo que, desde playas paradisiacas (que probablemente tengan sirenas, porque inspiran a más de uno... o, por lo menos, eso me dijo ;) ), me animó a seguir escribiendo. (Gracias)
Lo que tienen en cumún es que, esos aportes, así como ellos mismos, son siempre valiosos.
Esa es la razón de que esta historieta se la dedique a un amigo que, desde playas paradisiacas (que probablemente tengan sirenas, porque inspiran a más de uno... o, por lo menos, eso me dijo ;) ), me animó a seguir escribiendo. (Gracias)
Hoy podría haber sido un día cualquiera: la música de fondo, procedente de un nuevísimo iPod nano, la habría acompañado hasta la estación de metro. Una vez allí, habría adecuado el volumen al entorno. Que nada altere ese estado de… ¿normalidad?¿rutina? Dejémoslo en que nadie altere ese estado.
Hoy podría haber sido un día cualquiera pero, por desgracia, no ha sido así. Todo por culpa de esa estúpida red social llamada Facebook, piensa para sí misma.
Es curioso cómo el Ser Humano, desde los inicios de nuestra historia, se ha especializado en echar la culpa a otros. Al parecer, creemos que eso es más práctico que resolver los problemas que nosotros mismos originamos. Tal vez sería más práctico pedir ayuda o, por lo menos, aceptarla.
Sea como sea, sigue pensado que la responsabilidad de este irregular comienzo del día la tiene esa maravillosa forma de encontrar viejos amigos. Si no hubiese aceptado esa “solicitud de amistad”…
El amigo en cuestión era uno de esos que, en el pasado, fue Amigo. Con mayúsculas y sin ningún añadido. Simplemente amigo.
Curiosamente, hijos de dos viejas amigas, nacieron el mismo día, el mismo mes y el mismo año. Como es de esperar, crecieron juntos y compartieron primeras experiencias (mocos, “cole”, playa… y un largo etc), aventuras (conseguir el bote de nutella que sus madres escondían con tanto ahínco, entre ellas) y sueños (escalar el Everest y descubrir a qué huelen las nubes, viajar por el mundo entero, a ser posible en 80 días, como Willy Fogg…)
Los mayores, preocupados, aguardaban a la adolescencia. Tal vez porque temían la explosión de hormonas o, a lo mejor, simplemente era el miedo a lo desconocido. Lo cierto es que estos mediadores químicos se comportaron mejor de lo que cabría esperar. En cuanto a ellos, a los personajes en cuestión, siguieron como hasta el momento. Inseparables. Él no la veía como una chica ni ella como un chico. Ellos eran, simple y llanamente, amigos. Inseparables e irremplazables. O, por lo menos, eso era lo que pensaban…
Probablemente sea eso por lo que le cause tal malestar las “inocentes” preguntas que él le hizo el día anterior. Sabía que las había hecho con el cariño del que fue amigo, del que compartió más que tiempo. Pero, aún así, ¿Cómo se había atrevido?
Si Facebook no tuviese “chat”, sólo amables (y alegres) comentarios.
En uno de esos nunca le hubiese dicho: “¿Qué te ha pasado?” , “¿Tu vida cumple las expectativas que tenías cuando todavía éramos inseparables?” o un simple, “¿Eres tan feliz como creías que serías?”.
Es cierto que ella no era la de antes, pero él tampoco, piensa ella.
Hay quien dice que todas las amistades tienen un punto de inflexión. Según tales teorías, a partir de ese punto en el que la amistad habría alcanzado un máximo, ésta comienza a decrecer.
Sin embargo, lo suyo fue como un batacazo. ¿Origen? La universidad. Tan absortos en memorizar conocimientos, que no aprenderlos, se olvidaron de cuidar lo más valioso. El resto lo hizo la distancia y la falta de horas de charla + el exceso de horas de siesta.
El tiempo pasó… siguió pasando… y llegaron al punto de tener que reencontrarse por un medio que despersonaliza y hace que te sientas, más que nunca, parte de una gran masa de gente que hace lo mismo que tú. Menos mal que el fin del mismo supone algo positivo. Creo.
Ese “¿Cumples las expectativas...?”, que suena tan inocente, es la razón de que su día no haya comenzado como era de esperar.
A lo mejor es porque entre sus expectativas no estaba la de que lo único que compartiría con su esposo sería una casa con muchos muebles, comidas en silencio y algún que otro monosílabo.
Tampoco lo de ir a trabajar en metro. Y menos para meterse en un cubículo, que está dentro de un piso y éste, a su vez, dentro de un edificio demasiado gris para su gusto. Hubiese preferido ir andando y que su lugar de trabajo hubiese sido un poco más… original.
No esperaba dejar de soñar sueños de verdad para soñar con cosas, y aún así un día lo hizo. Eso sí, tiene unos cuadros que ya quisieran muchos… (y eso que no te ha mencionado su colección de libros)
Sin embargo, aún conserva cierto “optimismo”, por lo que decide decantarse por la idea de que no está tan mal. Que lo que los niños esperan de su vida es irreal. Al fin y al cabo, lo único que ha hecho ella ha sido madurar. Eso implica cambios y, entre ellos, el de la forma de pensar. Es lo “normal”, ¿No?
Tras tanta tontería, se centra en lo que toca. Aun quedan unas cuantas paradas, así que se coloca los cascos tranquilamente y adecua el volumen al entorno. Que nada altere ese estado de… ¿normalidad?¿rutina? Dejémoslo en que nadie altere ese estado.
Y tú, en este momento ¿cumplirías tus expectativas o, simplemente, las has cambiado?

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